
La preocupación del Estado por la educación de sus habitantes me hace reflexionar sobre las fallas y carencias, por parte de las instituciones ligadas a educar, de promover valores intelectuales en la región de Tarapacá. Valores que no se entienden cabalmente e interrogantes que se acumulan en hojas y palabras que son llevadas por el viento.
Hace unas semanas me percaté, leyendo la prensa y analizando la pauta cultural programada por algunos ‘intelectuales’, de la falta de información básica que estos poseen para inferir sobre un proyecto cultural y, a su vez, su precaria alocución de lo eminentemente cultural.
Estamos acostumbrados a ver a muchos analistas culturales diciendo esto sobre la poesía, lo otro para danza, aquello en teatro; pero les falta dedicación para incorporar en sus relatos una nomenclatura más actualizada y acorde a los tiempos en los cuales nos desenvolvemos. Al parecer, ellos carecen, por una parte, de efectividad y, por otra, profesionalismo.
Esos dos vértices, en primera instancia, son los que nos permitirían salir del primitivismo y consolidar un Estado que educa en materia cultural y una óptima catalogación del estado de nuestra situación regional.
Aunque ellos –los ‘mal educados’- insistan en no necesitar efectividad, deben ser cuidadosos en dónde llevan a cabo el proyecto y como lo ejecutan. Sin duda en este sentido, hemos visto calamidades proyectadas en fotografía, escultura y teatro; además de escritos y poesías de área chica que ni alcanzan, tristemente a ser descritas como parte de la ‘sensibilidad del artista’.
En esta materia –creación y análisis de proyectos culturales- uno no se puede inventar títulos universitarios ni estudios en el extranjero para validar su aporte al desarrollo cultural local. Simplemente, todo este parloteo se evita con un programa acorde a la creación artística y su respectiva efectividad cultural.
Sin embargo, cuando hablamos de reforzar y hacer creíbles los financiamientos, marcamos la pauta de la tontera. En un extremo tenemos ciertos rasgos sicopáticos sobre las críticas negativas hacia los fondos concursables de la cultura a nivel regional y nacional y, en el otro lado no se puntualizan los estudios de la falta de claridad de ciertas áreas concursables. Digo, se debería ver, analizar y evaluar eficazmente antes de criticar un proyecto. Por ejemplo, si obtienes un FONDART, debes ceñirte a las bases y requerimientos de esa línea de financiamiento. Lo mismo ocurre con el 2% FNDR; y lo mismo ocurrirá con las actividades financiadas por empresas privadas que recurren a la Ley de Donaciones Culturales. Ahora, para echar más leña al fuego, aquí el tema no es el dinero, el asunto es que se distribuya de la mejor manera; pensando en el bien de 'lo cultural' y no del bolsillo personal. Por lo tanto, centro otras críticas y me inclino por llamar a esta situación: carencia –como profesional- de efectividad.
La difusión de la actividad cultural acompaña mientras el proyecto haya sido creíble para el público. No obstante, por momentos algunos programas culturales desaparecen y pierden credibilidad frente al financiamiento, más allá del valor que le puede entregar la opinión pública. No solo las consultoras están haciendo focus group; a estas alturas, el público de Iquique ya lo ha estado asimilando la situación.
Al final todo este análisis tiene como objetivos, de alguna u otra manera, hacer un llamado a esos ‘buenos’ profesionales para que nos ayuden a construir un programa cultural, a largo plazo, en la ciudad.
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