viernes, junio 11, 2010

MEMORIA_DESERTIFICADA




Las distintas concepciones en obra y pensamiento de las localidades que representaron en su momento a la región de Tarapacá -hoy, Arica y Parinacota, y Tarapacá- con Santiago han generado una política contractual propia de la hegemonía de los poderes del Estado, que actúan cada vez menos localista y solo representativos a los intereses de grandes conglomerados políticos metropolitanos. En este sentido, la presencia de nuestro folclorizado sello regional, ante los ojos de este país con sus distintivos rasgos culturales, anulan el sentido del ser regionalista, ariqueño, iquiqueño o tarapaqueño. Por lo tanto distintas corrientes políticas, cívicas e institucionales han colaborado, erróneamente con un régimen institucionalizado de “turismo cultural”. Según fuentes oficialistas, esta sería una palanca de desarrollo transregional instalada por todo el norte grande, no obstante, no evidencia lo que realmente somos y poseemos. Mostrar el folclore y sus atributos, dentro del contexto de la puesta en valor de nuestra identidad, resulta repulsivo en la inmersión de nuestro verdadero significado como región a nivel nacional.
Asimismo, de forma consecutiva el norte grande de Chile y sus habitantes han repasado el peso de la historia. Por cierto, una historia vedada con el transcurso de los años, pero que de una u otra forma se hace presente cada cierto instante. A esto se adjuntan ciertos aspectos y análisis acerca de este lugar y lo que ha significado para la geopolítica continental. Así, queda en manos de ciertas reflexiones locales nuestra memoria e identidad regional. En esto el creciente desarrollo económico de la región de Tarapacá ha jugado un papel fundamental. El lugar ha permitido implantar innumerables y efectivas acciones comerciales, situación que actualmente es transigida por sus habitantes y que ha originado un funesto síndrome de desenvolvimiento social. Ahora, para nuestros análisis más contemporáneos, no podemos objetar que estos esquemas económicos fueron llevados a cabo en el último cuarto del siglo XX por la política dictatorial pinochetista: normas tributarias exclusivas para zonas extremas o ¿remotas?
Toda esta política económica ha reforzado y condimentado el factor multicultural como una experiencia de arraigo memorial fundamental que ni siquiera la imposición doctrinal –económica- de un Estado ha conseguido impedir y reinventar a la particular asociatividad, tráfico y comercio presentes aquí desde hace varios siglos atrás. Por otro lado, el sociólogo Sergio González nos lleva a la reflexión que parte del desenvolvimiento social y económico de los iquiqueños, ariqueños o piqueños tiene mucho que ver con la educación recibida a fines del siglo XIX y principios del XX sobre “la ideología vencedora de la sociedad chilena” en Tarapacá. La conjunción de estas ideas –económicas y culturales- abrió el camino a distintas interpretaciones sobre lo que realmente es ser y habitar un territorio anexado y expropiado a la fuerza.
En el fondo de este proceso de expansión territorial el actuar de todo el Tarapacá ha convenido en la gracia de conservar tradiciones tanto locales como extranjeras pero, en el otro extremo, ha manifestado puntualizar incansablemente, en la memoria e identidad de esta región, una(s) paradoja(s) sin construcción histórica. Pero más allá que un aspecto prudente de ser estudiado a la brevedad, desde la verdadera visión de un pueblo, la fragilidad de los recuerdos de sus habitantes siempre tendrá una prolongada interrogante.
De esta manera, estos territorios poseen una infinidad de temas relacionados al como se materializa la soberanía y que han confeccionado una áspera dinámica social con regiones cercanas. Tarapacá se ha transformado en un emergente polo sociocultural para la inmigración proveniente del sur de Chile, y particularmente, desde países vecinos. Hay una coexistencia entre la idea de distorsionar las expectativas de los foráneos y, al mismo tiempo, la historia local. Entonces, es en este sentido que no solo se disloca un código lingüístico sino que también una geografía.
La región comprendió la importancia que tuvo el auge y la lamentable caída del imperio salitrero, pero con sus degradantes acciones locales, es muy poco lo que ha hecho con el conjunto de historias sociales, etnográficas, económicas, etc; devenidas producto de esas desagradables circunstancias. Al mismo tiempo, el fantasma de la desdicha económica, provocada por las grandes debacles globales, peculiarmente ha construido pugnas locales, fortalecidas y desintegradas con el paso de los años.
Ciertamente, con todos estos comentarios a veces sería fácil recurrir a ejercicios nemotécnicos para facilitar el estudio y entendimiento de historias, mitos, leyendas etc. con el fin de facilitar nuestra comprensión de lo que realmente significa la zona norte y lo que dignifica sus conceptos para la historia de Chile. Por eso una gran cantidad de procedimientos de acción y esquemas de ideas maquetean el pensamiento de una historia local que cada día busca cautivar, de manera colectiva, a sus antiguos y nuevos habitantes.
Aquí la descomposición conjunta de facturas culturales, el choque de los de allá y acá; y por último la disposición histórica de la misma puede guiar nuestros globos oculares al contexto de la coyuntura regional, con la finalidad de configurar un bloque de discusión imaginaria dentro de estos componentes desertificados.
Finalmente, es preciso manifestar que la memoria desertificada es un proceso de estructura social que ha perdurado en las conjeturas de la ideología nacional y, por cierto en los recuerdos y denominadores en común de las personas de esta región del país.

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